La frontera
Por Mauricio Berho / Foto: El País
Hay fotografías que no pertenecen exactamente al pasado.
Uno las mira muchos años después y ya no ve solamente aquello que ocurrió entonces. La imagen permanece, pero el tiempo ha ido depositando sobre ella otras cosas: recuerdos, ausencias, emociones que creíamos olvidadas. Y, de pronto, basta volver a mirarla para que todo regrese.
Esta fotografía, que fue portada del diario El País, es así para mí.
Es la salida a hombros del féretro de Yiyo por la Puerta Grande de Las Ventas. Una multitud inmensa, Madrid detenido alrededor de la plaza, los coches de otra época, la ciudad entera acompañando la despedida de un muchacho al que un toro le había partido el corazón. Pero cuando vuelvo a esta imagen no pienso solamente en Yiyo. Pienso también en el joven aficionado que era entonces y en todo lo que aquella muerte vino a despertar dentro de una pasión que todavía estaba naciendo.
Un año antes había muerto Paquirri.
Paquirri era uno de mis héroes. Me había acercado muchas veces a él en el patio de cuadrillas de la plaza de toros de Dax. Lo había visto de cerca, como se mira a esos hombres que, cuando somos jóvenes, parecen pertenecer a otra categoría de la vida.
Su muerte fue para mí el derrumbe de algo que parecía imposible: la desaparición de uno de aquellos hombres que creíamos invulnerables. Sabíamos, naturalmente, que un torero podía morir. Lo habíamos oído siempre. Formaba parte de la historia de la Fiesta, de su leyenda, de esa verdad que uno aprende a aceptar casi sin pensar. Pero una cosa es saber que la muerte existe y otra muy distinta descubrir que es verdad. Y, sobre todo, descubrir que puede alcanzar a alguien que uno admira.
Paquirri fue para mí ese primer descubrimiento. La muerte de un héroe. La primera grieta en aquella imagen de hombres que parecían hechos de una materia distinta. Hasta entonces, la única tragedia taurina que tenía verdaderamente presente era el busto de Manolete en el salón de la casa de campo de Pierre Albaladejo y las historias que había escuchado contar o leer sobre él.
Con Yiyo fue diferente. Mucho más cercano. Mucho más profundo.
Yiyo había nacido en Burdeos y, para nosotros, los aficionados franceses, había algo en él que lo hacía próximo. Compartía esa cercanía con mi amigo Zocato, que había sido testigo de su talento desde sus comienzos y tantas veces había entrenado con él. Yiyo no era solamente un torero al que admirábamos. Había algo en él que pertenecía también a nuestro paisaje, a nuestra geografía sentimental. Una proximidad difícil de explicar y, precisamente por eso, tan poderosa.
Y yo, además, empezaba entonces a entrar de otra manera en el mundo de los toros, a la vera de Andrés Viard. Todavía no vivía en España, pero aquella afición comenzaba a dejar de ser simplemente una afición. Sin saberlo, estaba empezando a formar parte de mi vida.
Y entonces murió Yiyo.
Lo había visto torear pocos días antes en Dax. Había visto a aquel muchacho vivo, tan nuestro, vestido con un terno de burdeos y azabache delante del toro. Había visto su juventud, su temprana maestría, esa mezcla de inocencia y autoridad que todavía tenía su manera de estar en la plaza. Y, de pronto, casi sin tiempo para comprenderlo, aquel mismo traje que había visto lleno de vida y triunfar en mi plaza vestía un cuerpo muerto. Creo que fue ahí donde algo cambió definitivamente dentro de mí.
Hasta entonces podía admirar el valor, emocionarme con una faena, sentir la belleza de un capote o de una muleta, hablar del toro, del riesgo, del arte. Pero aquella muerte rasgó algo que todavía no sabía que existía. El toro dejó de ser una imagen. El riesgo dejó de ser una palabra. Y la muerte dejó de ser una posibilidad lejana. Todo aquello era real. Un hombre podía morir delante de un toro. Y había muerto.
Paquirri había sido para mí la muerte de un héroe. Yiyo fue la revelación de una verdad. La verdad que estaba detrás de todo aquello que empezaba a fascinarme: que en el toreo no hay simulacro. Que la belleza, el valor y el arte están sostenidos por algo mucho más serio, y también mucho más terrible. Un hombre y un toro frente a frente, con la vida verdaderamente comprometida, siempre al borde del abismo.
Quizá lo que más me impresionó fue comprender que el torero lo sabe. Nosotros hablamos de la muerte después. La convertimos en noticia, en recuerdo, en leyenda. La contemplamos desde el tendido, desde esa distancia que nos permite amar la Fiesta sin poner nuestra propia vida en ella. Ellos no. Ellos salen a la plaza sabiendo que, a lo mejor, no vuelven. Y, aun así, salen.
Después empecé a mirar a los toreros de otra manera. Paco Ojeda estaba comenzando a entrar entonces en mi vida y recuerdo cuánto le había afectado la muerte de Paquirri, hasta el punto de retirarse y esconderse en la marisma. Después de Yiyo, sus silencios, sus gestos, la manera en que los toreros viven la muerte de uno de los suyos, empezaron a decirme cosas que antes no sabía escuchar, o que quizá nunca había escuchado.
Comprendí que se puede estar cerca de los toros. Podemos amarlos, estudiarlos, conocer su historia, intentar comprender el misterio de quienes se ponen delante, hasta atrevernos a opinar. Pero ellos están dentro. Ellos ponen la vida.
Quizá por eso, tantos años después, cuando vuelvo a esta fotografía, no siento la necesidad de regresar a la tragedia. Busco otra cosa. Busco aquella sensación. La conmoción de aquel momento. El instante en que una pasión todavía joven me mostró, de una manera brutal, su verdad más profunda.
Yo todavía no vivía en España. Todavía estaba al otro lado de aquella frontera que algún día cruzaría y que acabaría cambiando mi vida. Pero creo que la muerte de Yiyo me hizo cruzar otra frontera, mucho más íntima. Después de Yiyo, ya no miré los toros de la misma manera. O quizá, sencillamente, ya no era el mismo yo quien los miraba.
Porque aquel día comprendí que la verdad del toreo no estaba solamente en lo que veíamos. Estaba también en lo que podía suceder. En ese instante suspendido entre la belleza y el peligro, entre el hombre y el toro, entre la vida y la muerte.
Y quizá ahí comenzó de verdad mi manera de entender la Fiesta.
No como una simple pasión, sino como una verdad que, desde entonces, llevo conmigo.